Café de aniversario

Leonardo Arias

Al fin dormida. Él se desliza bajo las cobijas sin hacer ruido. Le rodea el cuello y con ambas manos en tenaza aprieta. Patalea, rasguña, grita y muere asfixiada por la presión de una almohada en la cara. No es que sea un hombre malo. Los hombres malos no ríen. Pero el codo de Esther en su vientre acabó con su risa. ¡Bernardo son las seis! Forma de despertarlo un domingo.

Se sienta en el borde de la cama. Bosteza, se rasca la cabeza, busca las pantuflas, mira a Esther, se levanta y sale de la alcoba. Tiene cuarenta y dos años, regordete, medio calvo, de baja estatura y lentes, un ser asquerosamente inofensivo. Tanto que lleva quince años de matrimonio con Esther. La conoció en el bufete de abogados. Hoy es su aniversario de bodas.

Exprime cuidadosamente las naranjas y luego se ocupa de las tostadas que saltan doradas, como si estuvieran vivas, las corta en diagonal, esparce mermelada de fresa en porciones iguales y las dispone en abanico junto a los huevos hervidos. Limpia el borde del plato. Deja que la cafetera vierta hasta la última gota y sirve en pocillos iguales. Pone todo en la mesa, vestida con un mantel de cuadros y se sienta a echarle una mirada al periódico mientras Esther baja.

Esther tiene la nariz puntiaguda, como si la hubiera metido en un sacapuntas. Para más señas, estudió derecho y es hija única. Hoy, como en todos los aniversarios de bodas, van a visitar a su madre a la cabaña.

– El café sabe raro – dijo ella -.

– Debe ser porque es orgánico.

– No me gusta, no lo vuelva a comprar.

Montaron al Chevet. Se abrocharon los cinturones de seguridad. Esther hizo una mueca y se colocó las gruesas gafas de sol.

-Odio esta chatarra. ¿Por qué no lo vende y compra uno nuevo?

Bernardo no respondió, aceleró y enrutó por la avenida. Salieron de la ciudad rumbo a las montañas. Esther observaba los abismos.

-Bernardo maneje bien, estoy mareada. ¿Trajo las pastillas para el mareo?

-Se me olvidaron.

-Qué inútil eres.

-¿Quieres que pare?

– No. Siga.

Bernardo encendió la radio de la que salió una balada pre-histórica de Oscar Golden.

-Estoy mal, indispuesta.

Y con la violencia de un relámpago acalló a Golden.

-Bernardo pare. Me duela la cabeza. Pare. ¡Carajo que pare!

La tos la ahogó, como si tuviera un filete atravesado en el guargüero. Bernardo frenó y parqueó a un lado de la carretera.

-¿Qué te pasa cariño? Dime amor, qué te está doliendo.

Revisó el pulso de Esther. Le pasó la mano por la frente. Reclinó la silla y le secó la comisura de los labios por los que se deslizaba un hilo fino de baba. Esperó hasta que la sintió bien, bien muerta, por supuesto. Cubrió su cuerpo con una manta que traía en el asiento de atrás y que siempre lleva, por si algo se presenta. Le cerró los ojos, dijo una oración por ella, encendió otra vez la radio, miró por el retrovisor y giró para volver a la ciudad, mientras en el radio sonaba una guaracha.

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Published in: on julio 20, 2012 at 9:16 pm  Dejar un comentario  
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