Homo homini lupus

Oskar Deskanse

El camino de regreso resultó demasiado largo para dos pies. Llegó casi desnudo y juagado en sudor a la casa, cuando el sol apenas empezaba a iluminar el asfalto. Delvalle entró sobresaltado. Su mujer adivinó en su cuerpo  el olor a hembra.

–Te estás volviendo loco, vagabundo.

Él contestó con una especie de gruñido que a ella se le antojó un ladrido ronco, que acompañó de un zarpazo que la apartó de su camino.

– ¿Con qué zorra te andás revolcando? Un día de estos la voy a matar, la mato y de paso te mato a vos. Ya debería haberlo hecho.

El hombre no respondió. La dejó hablar antes que enfrentarla. Se metió a la ducha y pensó en el cuerpo menudo de una vendedora de la agencia. En un par de horas tendría que estar marcando tarjeta.  Bebió las sobras de un café frío y sin azúcar, encendió un cigarrillo y fue corriendo a la parada del autobús.

El autobús se detuvo, tomó el asiento  junto a una anciana y descansó su cabeza contra la ventana cerrada. Intentó dormir. Cuando abrió los ojos tenía frente a sí a una embarazada cargando a un niño de tres años. Se quedó pensando en qué clase de marido imbécil tendría la pobre mujer que permitía que su subiera a un bus repleto. Quiso darle el puesto, pero advirtió que la mujer era tan o más imbécil que el marido. Cerró los ojos y recostó de nuevo la cabeza contra el vidrio. La anciana le cedió el puesto a la mujer. Él miró por la ventana, se levantó  y salió empujado por un rio de gente.

Caminó un par de cuadras. Se detuvo frente al viejo edificio donde estaba la agencia. Subió al ascensor hasta el noveno piso y fue directo hasta el miserable cubículo donde despachaba como operador de cobros.

–         Este mes voy consignar otra vez más que usted – le dijo el compañero de oficina -.

–         ¿Por qué?

–         Porque usted es un perro.

Después del almuerzo fue a fumarse el cigarrillo en la azotea. En el ascensor encontró a Sofía, la de la fotocopiadora, una pelirroja de piernas largas, nalgas duras y tetas artificiales.

–      Hola preciosa.

–      Hola.

–         ¿Qué hacés en la noche?

–         Salgo con mi novio.

–         ¿Por qué no lo plantás y salimos los dos?

–         Por que vos sos un perro Delvalle y a mí no me gustan los perros.

Sacó la lengua y se la movió generosamente hasta cuando el ascensor se detuvo y abrió sus puertas.

En la tarde recuperó millón ocho cientos. Salió del trabajo pasadas las cinco.

Una vez en la calle caminó en dirección al suburbio. Notó que un par de tipos lo seguían. En el parque de los recicladores los fulanos aceleraron y le cortaron el paso. El más grueso esgrimió una navaja. Le exigió la billetera y el celular. Delvalle rugió, saltó sobre su oponente y lo desarmó. El pequeño huyó. Le puso la punta de la navaja en el cuello después de abofetearlo y le exigió de mala manera la billetera y el celular. Le ordenó que corriera. No te quiero volver a ver por aquí, le gritó. Limpió la navaja, la guardó en el bolsillo y retomó su camino.

Delvalle regresó a la casa antes que su mujer. Se recostó en el sofá y se quedó dormido. Despertó cuando ella abrió la puerta. Discutieron en la sala, en el comedor, en la habitación, en el baño. Delvalle se sentía cansado. Así había sido durante los últimos meses. No sabía cómo podía tolerarla.

Recogé tu ropa y te vas donde las putas, le gritó histérica. ¿De qué ropa me hablás? De la que te queda. Andate. Delvalle tomó a la mujer por el cuello, le hizo presión con las dos manos, le asestó un zarpazo en plena cara que la dejó atontada, repitió la acción varias veces, le acercó las fauces y sin que ella pudiera protestar una vez más, le desgarró de una sola y sublime dentellada el cuello. Ella se desangró lentamente, como si fuera un rio que se seca. Espero a que estuviera muerta, entonces se desnudó, se impulsó con las patas traseras, saltó a  través la ventana y se echó a la fuga.

Estuvo corriendo sin detenerse a través de los suburbios, salió a descampado y entró al bosque. La luna como un queso amarillo iluminaba el camino. La loba lo presintió, se incorporó y fue ansiosa hasta la boca de la cueva a esperarlo. Aulló tres veces seguidas. Sus tres lobeznos la siguieron.

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Published in: on julio 20, 2012 at 10:11 pm  Dejar un comentario  
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