Noche de servicio

Leonardo Arias

Al despertarse sintió la comezón de la alfombra en su vientre. Le dolía mucho el arco supra-ciliar del ojo izquierdo. Estaba mareada. Apestaba a sudor,  sexo,  orines y sangre. Estaba más golpeada que de costumbre.

Se tomó un tiempo antes de ponerse en pie. La alcoba le giraba. Recogió la pistola de dotación con el silenciador puesto. Trastabillando llegó hasta el baño. Encendió la luz. Se revisó la cara en el espejo. Se enjuagó, buscó un analgésico en el botiquín y lo pasó con agua del grifo.

Tenía siete años de servicio activo. Vivía sola. Lo único que hacía distinto a trabajar, cuando tenía unas horas libres, era ir a algún bar, beberse unas copas, reírse un rato y encontrar a alguien con quien  ligar.

Anoche conoció a Félix. Primero las miradas implícitas, luego los tragos, el intercambio de sonrisas, el aerosol de puta, una azotada de piso, la conocida audacia del beso, el susurro en el oído y por último el ¿a dónde vamos? ¿Tu apartamento o en el mío?

Salió del baño  y llamó por teléfono.  Necesito una prueba de sangre, dijo. Luego pensó que los hombres son la peor mierda. Se echó una ducha larga, se sentó frente al tocador a alisarse el pelo, mientras lo hacía observó la herida en la frente y el hematoma que le cubría la mitad de la cara. Cuando terminó con el cabello se dio a cubrir con base el hematoma. Por último se puso un micropore sobre la herida de cuatro centímetros que había dejado de manar sangre. Fue al closet, buscó un jean y una blusa blanca. Del morral sacó el delantal plástico y  los guantes de látex. Pasó por al desván a recoger la sierra y un atado de bolsas negras de plástico.

Se puso el delantal, los  guantes y fue a buscar el cuerpo. Aunque la casa no era muy grande, no recordaba dónde lo había dejado, estaba tan borracha. Recordó que le había metido un tiro, pero no pudo recordar dónde había dejado el cuerpo del fulano. Aunque había rastros de sangre en la sala de estar, no encontró uno que la condujera hasta la cochera, donde lo había arrumado en un rincón.

Trozó las extremidades y las envolvió en papel film que introdujo en las bolsas grandes. Lo despresó como un cirujano y cada órgano fue a una bolsa. Cuando hubo terminado, las introdujo en perfecto orden en la cajuela del coche.

Regresó al baño, se deshizo de los guantes y el delantal, prendió un cigarrillo y fue a la cocina a buscar algo de comer.

 

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Published in: on julio 20, 2012 at 9:28 pm  Dejar un comentario  
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