Desagravios

Por Rafael Arteaga

Camino al cementerio Fernando encontró un billete de cincuenta mil. Podría comprar flores para Juan. Antes del hallazgo solo le dejaría sobre su tumba un poema, hábito que se prolongaba en el tiempo y la lejanía. Recordó el deseo de su hermano antes de morirse: nada de flores, solo ron y cigarrillos. Veinte años atrás Juan había sido baleado por el amante de Clara, la hermana menor de Beatriz, novia de Juan. Cosa de negocios, o de amores según decían.

Cuando se acercó a la tumba vio que Beatriz derramaba licor en la tumba, y dejaba una cajetilla de Marlboro. Fernando y ella no se veían desde aquel día fúnebre.

–      Veo que lo sigues amando tal cual.

–      Así es.

–      Ya no te odio. (más…)

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Published in: on marzo 26, 2010 at 1:24 am  Dejar un comentario  
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La verdadera y nunca contada historia del leñador

TAMBIÉN TITULADA: “FUERA ABAJO, QUE SE JODAN TODOS, O LA NUNCA OÍDA HISTORIA DEL LEÑADOR, QUE ES MEJOR SE QUEDE EN SECRETO, O EL LEÑADOR LES SACA EL CORAZÓN A GOLPES A TODOS. CONTADA TAL COMO LA OYÓ CARLOS SÁNCHEZ JARAMILLO LA NOCHE DEL 31 DE MARZO DURANTE EL INTERROGATORIO”. 

Por  Carlos Sánchez

… a la lejanía, la memoria y el arraigo 

        Así  fue Señor, tal como le dije. ¿No me cree? ¿Que hay pruebas en mi contra? ¿Que si me acojo a sentencia anticipada? ¿Que me reducen la pena? ¿Que si cuento? No, no me hace más daño contarle lo que no he dicho. Era un día cualquier, igual que ayer, anteayer. El patrón nos había hecho poner cascos blancos, chalecos anaranjados y cinturones gruesos para proteger la columna. Se había aburrido de las viejas que iban a reclamar por los hijos, de que le cayeran árboles encima o que los guardas dispararan sin saber si eran leñadores.

     Los guardas armados llevaban varios meses. ¿De dónde son? No sé, algunos del norte, otros de no sé qué lado y un par con un acento raro, ni tengo idea como se pronuncian esos nombres con tantas letras. Se situaron cada cien metros. De vez se oían disparos y en los descansos, después de echar abajo árboles grandes, ¿secoyas se llaman? Qué sé yo, no importa. Árboles grandes que tienen más años que usted y yo. En los descansos algunos comían, dormían y otros íbamos a ver, a qué le habían pegado los guardas. Un puma, zorro o cualquier otro, hasta serpientes.

        El mejor era Mark, venía de norte, con pinta de cazador de dibujos animados, una herida en la cara, parecía un matador de monstruos, como los que salen en las pelis de dragones. Sí ese es Mark, el de la derecha de la foto, el que tiene la cara atravesada por la cicatriz, él dice que se la hizo un oso, vaya uno a saber. De él era esa arma que había en la casa ¿Una ballesta? ¿Así se llama? Dígame. Dispara bien bueno. Una vez me la dejó usar, le intenté dar a un lobo. No sé dónde cayó la flecha. Está bien, saeta, como usted diga.

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Published in: on marzo 26, 2010 at 12:07 am  Dejar un comentario  

Edith

Por Román Jiménez Oviedo

Edith no soportaba el trabajo. No se lo cargaba ni un poquitico. Le sacaba de quicio cuando cualquier desprevenido vociferaba a riñón puro, que la vida de las putas era una vida alegre. La vida de Edith no estaba ni cerca de serlo. Ni la suya, ni la de las demás. The Krusty Krab estaba en el hígado de la ciudad. En un lugar más olvidado que los buenos valores, que los mejores valores. Un lugar de esos a los que sólo se mira cuando se teme que los problemas burlen los límites que los apresan, límites por demás, jamás definidos por nadie. No oficialmente. A ciencia cierta, ni el viejo Mar que llegó a las aceras del lugar cuando aún olía bien, podría dar certitud sobre dónde es que termina el mundo bien, y dónde es que la escoria de la ciudad ha hallado refugio del odio visceral de la suciedad. Como era apenas lógico, los ricos en materiales no residían ni cerca de este edén de desdén en medio de la nada, en medio del todo. En el centro. Los límites eran como una gran nube lluvia. Mejor, como un enorme círculo de polución que cuanto más estrecho, volvíase más y más denso hasta que en todo su foco, los más repulsivos seres de rostros grises agachaban sus densas caritas para hacer el quite a las miradas incriminatorias de la distinguida suciedad. Lo más peligroso, lo más tóxico, lo más corrosivo para los pulmones de todo buen feligrés, estaba en el centro de la ciudad. La más vil escoria. Putas, desechables, más putas. Uno que otro borrachín desprevenido que amanecía una que otra noche en uno que otro lugar. Así, el centro de la ciudad. Así, el Krusty Krab, centro del centro de la ciudad. Así la habitación de Edith, centro del centro del centro de la ciudad. 

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Published in: on marzo 25, 2010 at 4:20 am  Dejar un comentario  

Nieves Guariné

Por Jimmy Arias

Recuerdo el tiempo cuando fui mecánico de helicópteros en Mocoa. El ejército contrató un vuelo para recoger un Teniente en Toroyaco, un  pozo petrolero a sesenta millas, selva adentro. Landinez, piloto de la aeronave me pidió que lo acompañara. Advirtieron que el hombre estaba enfermo. Cuarenta minutos después llegamos al destino. Bajamos de la máquina y vimos algunas personas al pie de un árbol. Al acercarnos, observamos en la rama más alta, un militar que apuntaba a su sien con una pistola.

No íbamos a transportar a un suicida. Pero al vernos el hombre soltó el arma, se tiró del árbol y en un gesto inesperado se arrodilló a los pies del piloto, rogándole  que lo llevara. Se ofreció a ir esposado de pies y manos.

Landinez me consultó. La cara del hombre era de angustia. Le hice un par de preguntas que contestó con sensatez. Tomamos las medidas sugeridas por él mismo. El hombre no protestó, se subió tranquilo y se durmió a los pocos minutos de iniciar el vuelo.

En el aire fuimos testigos del cambiante clima de la selva. El mal tiempo hizo imposible la llegada a Mocoa  y nos obligó a aterrizar en Peñas Coloradas, un pequeño caserío con puesto militar a orillas del rio Putumayo. El temporal arreció tan pronto aterrizamos. Eran las cinco de la tarde, nos tocó hacer noche en el sitio. (más…)

Published in: on marzo 25, 2010 at 3:35 am  Dejar un comentario  

Cero Absoluto

Por Mauricio Pacho

Al final de su carrera y sin nada entre manos, un derrotado escritor de intrigas imaginó a un miserable asesino al que llamó Cero Absoluto. El Editor, Feliciano Arboleda, tras el éxito de la primera edición, llegó a pensar que Cero había cobrado vida y dejaba de ser un personaje para convertirse en un fenómeno. Miles de lectores estaban enviando correos extraños.

        Arboleda le mostró al escritor una carta de una fanática que decía estar muy feliz con el macabro personaje. En la carta preguntaba: ¿Cómo es posible que Cero mate a su propio padre y lo disfrute? Tomó la carta un poco trastornado y buscó a la remitente.

        Cuando tocó a la puerta, le abrió una chica, hermosa en realidad. Lo único que no iba bien eran sus gruesos lentes de marco de carey. La hacían ver entupida. Conversaron sobre la carta, le dijo: “Me identifico con Cero. No sabe las muchas veces que he deseado matar a mis padres, pero no he tenido la excusa perfecta para hacerlo”.

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Published in: on marzo 25, 2010 at 3:13 am  Dejar un comentario  

Bondad

Por Albeiro Álvarez

     A través del vidrio parecía un quirófano. Estaba amarrado de pies y manos. Tenía los ojos cerrados. El guardia revisó las correas, una a una.

            Esperaba sentado en la sala, todavía en penumbra, como un fantasma. Le hizo señas para que entrara. Se puso de pie. Aun no llegaban, ni los invitados ni los periodistas. Entró por la puerta lateral. Se acercó al condenado, abrió la biblia.

­        – “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”.

Hizo una pausa, tras leer, y lo miró a los ojos, ahora bien abiertos.

– Confiésate, todavía puedes arrepentirte.

– Como mierda, Padre. (más…)

Published in: on marzo 24, 2010 at 4:00 am  Dejar un comentario  

Si me tocas muero

Por Jair Silva

El viejo vampiro entra al cuarto de la doncella y la observa dormir. Se inclina y con la mano le retira el cabello. Pese a  la poca luz que alcanza el lecho, se percata de las dos punzadas en la yugular. La luz amarillenta del candelabro sobre la cómoda es vacilante y con dificultad llega hasta la cama. Observa las marcas detenidamente. “No recuerdo haberla tenido antes” cabila. Está seguro, no obstante la duda persiste. Piensa preocupado en la salud de su memoria. “¿Habré estado aquí y no lo recuerdo? El molesto vaivén de las llamas causado por las frías corrientes de viento que entran por la ventana por donde ingresó, perturban su visión. Entonces la desvía bruscamente hacia la blanca pared del fondo, donde está el sujeto de bronce clavado en una cruz de madera. Su castillo está retirado. La fatiga no da espera. “La tomaré” piensa. (más…)

Published in: on marzo 16, 2010 at 3:08 am  Dejar un comentario