Martes trece

Mauricio López Peralta

 El martes trece Jacinto, semiinconsciente, sacó una de sus piernas de la cama y posó con temor su pie izquierdo en el suelo. Perezosamente se levantó hasta terminar sentado en la cama. Estiró los brazos lo más que pudo y se desperezó con un grito ahogado. Se sentó en el sanitario y orinó. El chorro de agua fría terminó de despertarlo. Una taza de café negro, el periódico, los clasificados y salió de su casa a buscar trabajo.

–     ¡¡¡El baño se va con nosotros!!!

Dijo Gertrudis, como un general que da las órdenes para la batalla final. Contrariada por el dueño, quién le había alquilado la casa con promesa de compra, ahora se veía forzada a abandonarla después de varios años de feliz residencia.

 

–¡¡¡El baño se va con nosotros!!! – repitió – Me arrancan el lavamanos y el inodoro y lo suben al camión – repitió Gertrudis -.

 

 

Jacinto caminó las calles, buscó direcciones, dejó hojas de vida, convencido de que pasaría lo de siempre, jamás lo llamarían, porque en tiempos tan difíciles, a nadie llaman.

Gertrudis, todos sus hijos y Daniel acomodaron las pertenencias familiares en el camión. Apilaron de la mejor forma todos los objetos caseros, coronándolos con el lavamanos y el sanitario beige, dentro de la carrocería de estacas. Los hijos se quedaron para limpiar y entregar la casa, y Daniel, al volante, y Gertrudis a su lado, emprendieron el camino a su nueva casa. Mientras avanzaban lentamente, suspiraron escuchando a Julio Jaramillo, «El Ruiseñor de América» que salía generoso por la radio.

 

Jacinto salió a la carretera a las tres de la tarde, echó a caminar en medio de un calor humillante. En un chamizo seco tres cuervos lo vieron pasar.

 

Daniel no se percató del monumental hueco que se había tragado la vía y aunque no iba muy rápido, no pudo evitar que las llantas del lado derecho cayeran haciendo estremecer todo el camión. Sintieron el impacto, el salto desacomodó la carga, Gertrudis sintió el golpe en los riñones, pensó que todo se iba a caer, los traseros  quedaron suspendidos por unos instantes y las cabezas chocaron contra el techo. Y como en un sueño dadaísta el sanitario y el lavacaras volaron silenciosamente por el aire, haciendo una curva aérea que llevó el lavamanos más allá de la cuneta en donde se incrustó entre la espesa hierba. Y el inodoro,  todavía permaneció en el aire unos instantes, en una suerte de levitación, que cesó cuando vino a posarse con suavidad en la cabeza de Jacinto.

 

Gertrudis y Daniel se lo tomaron con humor, no se percataron de nada en particular que los hubiera hecho detenerse. Continuaron su camino, convencidos que la cosa no había pasado a mayores y que todas las carreteras estaban tapizadas de grandes huecos.

La fuerza del golpe lo proyectó a la cuneta profunda en donde quedó inconsciente. Su pobre humanidad terminó por amortiguar el golpe, que hizo que el inodoro finalmente terminara intacto y de pie a borde de carretera. Cuando Jacinto volvió en sí, se descubrió bañado en sangre, se levantó con esfuerzo, su visión se había nublado, salió tambaleándose con la sensación de tener todos los huesos rotos. El calor había sobrepasado los cuarenta grados y no vio ningún auto pasar. Supo que iba a morir. Vio entonces un inodoro beige, intacto, reluciente, como si fuera una aparición al borde de la carretera. Se cayó, tuvo que arrastrarse con esfuerzo en dirección al inodoro, que en medio de los sopores de la inconsciencia se le antojó como un oasis. Su corazón estaba a punto de estallar.

 

Los cuervos volaban recortados sobre un cielo azul cobalto.

 

Se agarró del tanque, intentó levantarse y en un trámite que debió durar varios minutos al fin logró sentarse en el inodoro. Cerró los ojos. Dejó descolgar su cabeza, ya sin tiempo de pensar en algo.

 

Lina Echeverry detuvo su BMW junto al inodoro. Con su smartphone buscó el mejor ángulo, disparó varias veces. Escogió la que le pareció la mejor fotografía, que más tarde publicó en su face, como un “suvenir” de la muerte.

La foto colgada con el título de “inodoro de la muerte” y con una nota en la que Luisa contaba las circunstancias extrañas en que había sido tomada, fue vista cientos de veces, la misma noche del martes trece 13, el que Jacinto salió a buscar trabajo y terminó suspendido para siempre en el inodoro beige de Doña Gertrudis, en una carretera que no lo condujo a ninguna parte.

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Published in: on julio 20, 2012 at 10:19 pm  Dejar un comentario  
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