Dos días

Leonardo Arias

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 Dos días, leyó. Dejó la carta sobre la mesa y le sonrió. Tenía el cabello negro suelto, largo. Un vestido ajustado, un tanto revelador. Sólo estaban ellos en el bar. El cantinero estaba recostado en la barra que se retorcía como una culebra. Los miraba de reojo mientras sintonizaba la emisora donde pasaban el especial de boleros.

-¿De qué te ríes?

-De la vida. Es muy graciosa.

-No me parece.

-Pues a mí sí.

-¿Por qué?

-El jueves ¿te acuerdas?

-¿Qué con el jueves?

-Hice pasta para los dos. Nunca llegaste.

-No tuve tiempo.

-El tiempo no existe, no me vengas con maricadas ¡espagueti a la boloñesa! Tu plato se enfrió. Lo boté. Qué más daba. Lo que no sirve o se daña, se tira.

-No todo.

-¡Todo! ¿Por qué hoy?

-Tenía curiosidad.

-Dos días. ¿Sabes lo que le dije a mi mujer el viernes? Que la quería. Ella por supuesto me abrazó y me repetía tantas veces lo mismo que se convirtió en un murmullo, en algo inaudible. No lo recuerdo. Pobre.

-No eres una mala persona.

-Lo soy. Te lo voy a demostrar.

-¿Qué vas a hacer?

-No sé. Le había dicho que nos diéramos un tiempo. Hacía mucho que  no estaba solo. Se siente extraño.

-¿Qué vas a hacer?

-No sé. Ya te dije. Algo se me ocurrirá. Me quemé. Nunca había cocinado. Las putas pastas en la basura.

-Lo siento.

-¿Lo sientes? No viste su cara del viernes.

-¿Qué quieres qué haga entonces?

-Lo que no quisiste hacer la noche del jueves.

-¿Y ella?

-No vengas con cargos de conciencia ahora. No sabe dónde estoy. Punto.

-Estás enfermo ¿lo sabía?.

-Todos sufrimos de la misma enfermedad. Estamos podridos por dentro. Me largo, ¿vienes?

La mujer agachó la cabeza. Lo miró clavándole dos ojazos negros.

-Vamos.

Ambos se levantaron. Él era delgado. Traía lentes. Los limpió mientras sacaba unos billetes. Salieron del bar. Pidió un taxi.

-Séptima con 23.

El taxista los miró por el retrovisor con cierto morbo y arrancó.

La ciudad era un vaho de media noche. Los pasajeros no hablaban. Sólo el radio interrumpía el silencio con sus notas de acordeón. El carro amarillo se desvanecía entre calles y glorietas. Séptima con 23.

-Acá está bien.

-Son nueve mil.

-Quédese con el vuelto.

Entraron. El edificio tenía la fachada grande y varios pisos de alto.

-Sencilla, cuatro horas.

– 35 mil. Habitación 302 B. Mire las llaves.

Prefirieron las escaleras. Habitación 302 B, se repitió. Una cama amplia perfectamente tendida. El baño al fondo, un televisor, dos condones. Entraron. Cerró la puerta con llave.

-Aquí estamos.

-Es una locura y lo sabes.

-Dos días. No puedo olvidarme de esos dos malditos días.

-No creas nada de lo que te dicen.

-Lo dices por vos. Nunca esperé verte tan pronto.

-Aquí estoy ¿no?

-¿Qué nos espera?

-No sé lo que nos pueda pasar.

-¿Qué podría pasarnos, morirnos acaso?

-Esto no es un juego.

-La vida es un juego. Estás vos y esta ella.

Se fue acercando a cada respuesta, con cada pregunta.

-No te acerques más.

-¿Tal vez así? ¿Está mejor?

Estaba sobre ella. Ambos de pie entre la cama perfectamente tendida y el televisor de pantalla azul empotrado en la pared. El beso fue inminente.

Los ojazos negros se fueron cerrando y unas manos blancas se trenzaron en un abrazo. Los lentes estorbaban, no importó.

-¡No puede ser! Pero no se detenía, el ardor en su vientre era más fuerte. El deseo. Los besos se hicieron más voraces. Las lenguas se enredaban, ahogándose en un lago de salivas dulces y bocas entreabiertas.

No tardó en mostrar su verdadera naturaleza. Lo devoraba con cada arremetida de sus caderas. Los intentos por arrancarla de su sexo fueron en vano. Trozos de vida se perdían con cada jadeo, anticipando un dolor apenas conocido. Sus caricias se convirtieron en forcejeos. Inútil. Era el momento de ella. La habitación comenzó a llenarse con el vapor salado de los cuerpos. Con el olor a sangre agitada, a muerte, a orgasmo.

“Dos días me bastaron para saber que debía estar muerto”

El cantinero recogió la carta de la mesa y cerró el bar.

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Published in: on marzo 6, 2012 at 5:43 pm  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Uyyy… Al final el cuento resultó bastante bueno, se lo voy a mostrar a Juan :D.


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