Los perros

Juana Mesloba

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-Aló!…

-… ¡llegaron los perros! ¡Están en la puerta!

El susurro detona sus miedos, como esquirlas que se le clavan en la carne.

Ascienden olisqueando escalón por escalón, las babas caen sobre las  botas, sus músculos transpiran  violencia.

Corre a la cocina, gira la válvula del gas y espera.

Los perros tumban la puerta, penetran devastándolo todo,  llegan a la cocina; ella lanza la cerilla al aire y se arroja al vacío, mientras llueven lenguas de fuego sobre los perros.

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Published in: on julio 20, 2012 at 11:11 pm  Dejar un comentario  
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El amor es un manjar

María Eugenia de Aparicio

Telescopio se desliza en las aguas del acuario. De vez en cuando se detiene y  mueve los labios. Pegada a la pecera la cucaracha contempla  esa  maravilla dorada  de ojos saltones y cola en abanico. El pez gira y abre los ojos aún más, ladea su cuerpo y sus labios acarician el vidrio,  la cucaracha se descontrola y resbala al ver  los ojos desorbitados del amor. Sube despacio, sin soltar los labios del pez, en medio de miradas y aleteos insinuantes.  Telescopio la sigue ansioso hasta el borde de la pecera, se miran, ella siente los labios de él en sus  antenas. Respiran hondo,  mueven  las alas y la cola con rapidez y sus cuerpos se hinchan de deseo. Él abre su su gran boca mientras el pez Beta le dice:

–  Pruébalas –  las cucarachas enamoradas son un manjar.

Published in: on junio 8, 2012 at 10:48 pm  Dejar un comentario  
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En el Gólgota

                                                                                                                                                                                                                       María Eugenia de Aparicio

El vendaval hace crujir las cruces de madera clavadas en la cima del monte. Los verdugos ríen, las mujeres lloran alrededor de los tres hombres condenados a la vergüenza y  humillación. No cesa de llover, truena y la tormenta arrastra el viento. Uno de los crucificados siente que algo roza su cara, la agonía le impide levantar el rostro. Una cucaracha se posa sobre la cabeza del moribundo, trata de abrir las alas queriendo volar, pero una espina  la atraviesa. “Tengo sed”. La cucaracha lo mira con tristeza y herida baja por la mejilla, llega a su  boca, se sacude con dolor  las gotas de agua adheridas en  sus alas  que mojan los labios del agonizante. Él sonríe por última vez y  le dice:  En verdad, en verdad os digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso

Published in: on enero 30, 2012 at 5:08 pm  Dejar un comentario  
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Rabioso, Pedro y el mazamorrero

                                     Mariela Ibarra

-¡Emilia, cuantas veces te he dicho que amarrés a este hijueputa chandoso en el patio!

-Tranquilo mijo, él no es sino bulla…¡¡ Rabioso pal’ patio!! (más…)

Published in: on enero 27, 2012 at 10:09 pm  Comments (1)  
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Pocholita

                                                                                                                                                  Francisco González

Toma el último sorbo de cerveza gratis, se levanta y con un gesto agradece al anciano de bastón y ojos desorbitados de la mesa de al lado. Va hasta el baño de la trastienda y mientras orina ve en el espejo al anciano detrás suyo sonriendo mientras saborea un bon bon bum de mandarina. Le respira en el cuello y lo pellizca en la parte baja de la espalda. Escalofrío desde el coxis hasta la nuca, la cabeza le da vueltas y los pulmones se llenan de flemas. Mientras vomita siente cómo le crecen pelos desde la profundidad de las orejas y sus  dientes caen como hojas en el otoño.

Cisco despierta 73 años después en un hospital conectado a una máquina de diálisis, con un pirulito de mandarina en el bolsillo y tres tumores que le devoran su cerebro

Published in: on enero 21, 2012 at 2:57 pm  Dejar un comentario  
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La iluminación

ImagenAlexander Campos

                                                           La oscuridad espesa y absoluta se apoderó de sus ojos, que fijos al frente, no veían más que siluetas. Su seguridad no había flaqueado a pesar del largo tiempo que llevaban a bordo. Era, sin embargo, el único marinero anegado en esa determinación. Los bajeles llenos de tripulantes se sorteaban en silencio, buscando aguas buenas en medio de la penumbra. De repente, una violenta ráfaga a sotavento estremeció la proa de la Santa María precipitándole a la orilla del océano. Las anclas obligaron a la nave detenerse al borde del ponto. Vio abajo, la reverberación del imperio de Satanás, que ardía suntuosa bajo el vapor de las cataratas hervidas. Arriba, entre las nubes, vio a Dios con un encendedor.

Published in: on diciembre 28, 2011 at 12:17 am  Dejar un comentario  
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