La hoja en Blanco

Por Yvonne Barreto Celis

—Buenas tardes —dijo Luis— mientras observaba a su alrededor como si se tratara de un escapado de hospital psiquiátrico.

—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó la vendedo­ra.

—La semana pasada, el lunes, compré una máquina de escribir aquí y…

—Ah, por supuesto, ya lo recuerdo. Una Rémington Corona Júnior.

—¡Sí! Me preguntaba si podría decirme algo de su procedencia.

—Es una Rémington Corona Júnior modelo S de 1938, muy parecida a la Júnior original, solo que a esta le adi­cionaron una tecla con la función volver.

La chica continuó hablando mientras Luis la miraba.

—En realidad me interesa saber de quién fue la má­quina antes de llegar a la tienda.

—¡Oh!, lo siento, yo sólo conozco los datos técnicos.

—Entonces no le quito más tiempo. Le agradezco.

—Espere… quizás… —titubeó ella.

—¿Sí? —volteó él.

—Quizás si habla con el dueño… Él sabe mucho más de los objetos. Es un apasionado, puede hablar con él. No debe demorar. Es habitual que llegue a las tres.

—Son las dos y treinta. Lo esperaré si me permite. Se lo agradezco.

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Published in: on julio 27, 2010 at 9:14 pm  Dejar un comentario  

Cuatro horas

Por Jimmy Arias

Al tío Álvaro y a Ricardo Herman

 

La reconocí de inmediato y en un tiempo breve y detenido.

—¿Por qué parar justo en esta bomba? —pensé mien­tras llenaban el tanque.

Se subió sin decir nada.

—Buenos días —dije.

—Si le parecen buenos no sabe quién soy.

—Sí —dije apresurado—, lo sé, es mi forma de salu­dar.

Pagué el combustible y miré sus ojos. Sentí aguzar mi instinto.

—Le voy a explicar cómo funcionan las cosas —dijo—. Para empezar, quiero que lo acepte, sin llantos o ruegos. Al primero me iré y perderá la oportunidad.

—¿De qué habla?

—Usted lo sabe —contestó—. Hoy es el día.

—¿Hoy? No es posible, tengo cosas que hacer.

—Tuvo suficiente tiempo, se le acabó.

—Está bien —dije—. ¿A qué oportunidad se refiere?

—Es simple. Le concederé un tiempo, tendrá cuatro horas.

—¿Cuatro horas? Pero no vivo aquí, estoy a ocho horas de mi casa.

—Cuatro horas —insistió señalando—y debe cumplir dos condiciones. Nadie puede saberlo y debe ser sutil en lo que haga.

—Espere, siempre quise un hijo. ¿Sería posible?

—No sea ridículo —interrumpió riendo—. Podrá llamar, saludar, dar un abrazo, pagar una deuda, actos sencillos sin implicación; la otra opción es que no acepte y continúe su viaje. Si quiere lo olvidamos. De cualquier manera hoy es el día.

No dio más opciones, respiré hondo y un denso aire llenó mis pulmones.

—¿Qué debo hacer? —me oí decir.

—Recuerde dónde estaba a las cinco de la tarde.

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Published in: on julio 27, 2010 at 8:35 pm  Dejar un comentario  

González

 Por Albeiro Alvarez 
Lo primero que vio González cuando abrió los ojos fue la foto. La memoria lo guió hasta la noche anterior. Llegó cansado después de un pésimo día. Su mujer se le había llevado hasta el perro. Era lo más difícil de perdo­nar. Tenía un aburrimiento que empezaba a quedarle a la medida. Los zapatos le apretaban.

Cuando salió recordó que había dejado la foto parada sobre el nochero junto a la cama. Solía dejarla acostada de tal manera que sólo se podía ver una etiqueta con el nombre del almacén en donde compró el marco. A veces llegaba queriéndola ver. Se había hecho la pregunta y había encontrado respuesta: dependía de su estado de ánimo. Si la extrañaba más y con menos amargura, la miraba; pero si la extrañaba más y con el resentimiento avivando el rencor, evitaba hacerlo.

Volvió a mirar los documentos. Pensó que todo tenía la claridad suficiente para asumir la certeza de que era un caso resuelto. Esta vez la justicia no cojeó mucho, no se detuvo en recovecos de imprecisiones, no se extravió entre vericuetos de misterios insondables en los que solía navegar la impunidad. Tuvo plena conciencia de lo mal que pasó la noche anterior y en la duermevela de la ma­drugada no supo si los disparos que escuchó fueron parte de un sueño o si fueron reales, tanto como el ladrar de los perros. Le dolían los pies y percibía un amargo ácido en la boca; desde temprano persistían las molestias de una resaca moral. Aunque la noche anterior no se tomó ni un sólo trago.

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Published in: on julio 22, 2010 at 1:09 am  Dejar un comentario  

Cuestión de gustos

 Por Albeiro Alvarez
 La mujer parada en el andén mira con gesto de orfan­dad. Está despidiendo o esperando a alguien. Su cuerpo parece a punto de desgajarse. La observa. Cuando el tren empieza a moverse repara en el hombre al frente en la litera: algunas canas, cejas pobladas formando el arco férreo del entrecejo y una mirada perdida. Observa la cicatriz. Podría tener su misma edad. Cincuenta años, que ya son muchos.

Acomodó el maletín a un lado. Hizo un leve gesto con la cabeza y le sonrió.

—Vengo a matarlo —le dijo sin mirarlo.

Observó a través de la ventanilla el otro tren que pa­saba como un aire desfigurado, llevándose por delante el paisaje. Lo desconcertó que no se sorprendiera. Apenas le devolvió la sonrisa. También tenía la mirada perdida y algunas canas. La imagen de la mujer diciendo adiós volvió a su mente.

—¿Por qué?

—Tengo que hacerlo.

—¿Por qué? —volvió a preguntar.

—Es una orden —lo miró a los ojos y se encontró con el mínimo reflejo de curiosidad. Es mi trabajo.

—¿Cumple todas las órdenes?

—Es mi trabajo. Siempre le he hecho.

—Este no tendrá por qué ser diferente.

—Cierto.

No quiso averiguar más detalles.

—Parece que será un buen día —dijo después de un breve silencio—. Me gustan más los días fríos.

—Yo prefiero el verano.

—Cuestión de gustos.

—Como todo.

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Published in: on julio 21, 2010 at 11:27 pm  Dejar un comentario