El nacimiento de Rach

Por:  María Eugenia Alonso de Aparicio

 La playa huele a sexo. La brisa trae olor de Olimpo, aroma que envenena al joven dios de los insectos. Despliega sus alas con desespero y choca contra las piedras, retrocede, trata de volar. Está fuera de sí, no puede contenerse, su apetito voraz lo lleva a la hembra, al otro lado de ese bálsamo.  Céfiro – viento del Oeste – aura de los enamorados, desliza sobre la arena una de sus alas para que el joven trepe y lo conduce al Olimpo.

En la caverna Hera baila, baila al ritmo de la lira, lejos de los ojos de Zeus. No  admite el adulterio, no se lo perdona a su esposo, ni a nadie, pero el joven dios de los insectos, hermoso, fuerte, la hará caer por primera y única vez en él. Céfiro deposita al  insecto a los pies de la diosa  y con un dulce soplo la transforma. De su espalda salen dos pequeñas alas, su piel se torna oscura y sus piernas se multiplican para seguir la danza y el canto con un siseo anhelante para que con caricias la posea.

Cierran los ojos. Besos largos, piernas entrelazadas, juegos de alas  y suspiros hacen  doblegar a Hera  ante el amor de su nuevo dios. Beben el elixir que mutuamente se ofrecen. La sangre hierve en sus genitales  y su explosión desencadenada de placer impregna las paredes de la caverna.  Ella monta sobre él  y aliado con el viento retorna a la playa llevando a Hera en su espalda. Las alas del joven se despliegan con una dulce obscenidad.

Zeus la busca debajo de cada  piedra, enfurecido oye jadear a su diosa en la playa, su respiración lo llama.  La encuentra, alucinada, húmeda, gozada. Su dios  ya no está.  Zeus termina el juego  con cólera y como un dios brioso, la monta, la penetra por entre el flujo del otro dios.  Hera se desprende, vuela y mientras se eleva ve con terror a Zeus sodomizando al joven dios de los insectos.

Hera siente los dolores de parto, sus quejidos  se escuchan más allá del Olimpo. Entre  sus muslos se vierte un fluido blanco, espeso, por el que avanzan filamentos negros y peludos con espinas, que la rasgan  a medida que salen. Las comadronas olímpicas jamás habían visto sangre blanca ni  aleteos en un vientre, algo oscuro se mueve y sale mientras la piel se desgarra. La divina sangre ilumina el lecho.  Abre sus piernas permitiendo al soplo divino del viento entrar a su vientre, para que termine de salir una magnánima cucaracha del tamaño de un dios. Cesa el dolor.  Céfiro sonríe y mira a Hera  –Es bello como el padre–  pero tiene los ojos de Zeus.

El parto despertó en Hera los celos. La venganza la invade, no resiste a las ninfas, ni  siquiera permite un roce entre las hijas y el padre, ni a sus hijos, desde que nació Rach los odia y los repudia.

¿Por qué no está Rach con ustedes? – Di la orden de enseñarle el arte de la cacería.

 ¿Qué quieres madre? -dice Ares – ¿Cuál es tu afán de que el adefesio se adiestre?

Hera mira a cada uno de sus hijos y se va con Rach al norte.

–          Madre sabes que  el norte me hace  daño, no puedo vivir allí, hace mucho frío.

–          Estarás mejor, nada te hará falta.

Rach no es bienvenido y su corazón lo resiente. Las Harpías se cuidan de darle todo para evitar la furia de Hera.

Llega la primavera y con ella las fiestas a Baco, el nuevo vino es bebido por dioses y mortales, niños y mujeres que incitan a los hombres. Los sátiros sirven grandes vasos del líquido y aprovechan para seducir a  las frenéticas mujeres y a los hombres ebrios que se les acercan.

Ares y sus hermanos llegan al festín, no reconocen a su madre, la ven como a una ménade más, sus ojos tienen un brillo engendrado en el ardor. Todos la agreden, desgarran su túnica y la poseen. No satisfechos, prometen a Baco su sacrificio  como ofrenda para la cosecha del año siguiente. Ares la decapita después de maldecirla por última vez. La despedazan y depositan sus partes en una tinaja.

Rach aturdido por el vino, ve rodar la cabeza de su madre. El norte hace brotar su ira, toma la cabeza, la coloca sobre su espalda. Pequeñas raíces salen y se adhieren al lomo, Rach siente endurecer el cuerpo, su piel va cayendo y otra aparece, siente dolor, ruge, brama, como la bestia de los tiempos, que se acerca al Olimpo.

            Zeus en lo más alto del agreste monte observa la venganza de Rach.  Divisa toda Grecia y ve una  gigantesca ola que avanza desde el norte, por el sur, por el este y el oeste, negra, colosal, de alas y antenas. Se acerca y va sacando lamentos a la tierra que arrasa y fecunda, mientras  el ejército recién nacido de nuevos dioses ataca. El ejército de Rach. Las lanzas nada pueden contra él, al cortar sus cabezas los cuerpos siguen caminando amenazantes.

El indefenso y débil hermano se ha convertido en un gigantesco monstruo que heredó de su ancestro, el placer de comerse a sus hijos. Rach devora a sus hermanos. Los dioses tienen miedo, no escaparán durante las siguientes mil generaciones, del hijo que una vez salió del vientre de Hera y hoy está al mando de los ejércitos alados.

Las Harpías producen vientos,  los mortales huyen y mueren pisoteados. Los excrementos del ejército cubren la tierra donde se van hundiendo los dioses y los mortales que sobreviven al caos.

            Zeus lanza un rayo que hace tambalear a Rach, cae. Zeus lo levanta dispuesto a arrojarlo al mar. Pero Rach mueve las alas y lo envuelve mientras su ejército lo rodea, legiones trepan por las piernas, masticándole la piel. El gran dios del Olimpo se va perdiendo entre las mordeduras. La sangre baña la tierra y la fertiliza.

Se oye el suspiro de la diosa, su hijo ha vencido por siempre,  por toda la eternidad.

… y caminará sobre la tierra por los siglos de los siglos. 

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Published in: on agosto 30, 2011 at 2:14 am  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. Muy bueno, además el tema es una de mis debilidades.
    No creo que hayas llegado tarde a las letras, llegaste a tiempo, comprobando que la experiencia ayuda a sacar textos pulidos. 😉


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