Ruta 6

Por:  Mariela Ibarra

Si quiere saber mi opinión, señor director, la culpa es de la otra niña. Reconozco que al principio transportar a Isabella fue un problema, dejaba los asientos babeados, pero lo peor eran sus alaridos guturales, ¡y qué decir de sus hábitos de higiene!, todos sufríamos arcadas con su aliento pestilente, pero aún así es la estudiante con el mejor comportamiento que he transportado jamás. Mientras los demás niños hacen del bus un infierno ruidoso; Isabella permanece quieta en su silla, quietecita, ausente de todo el caos que hay a su alrededor, bueno, en realidad siempre está ausente de todo, con ese gesto de estupidez lúcida que es tan propio de los zombis.

Aunque he de admitir que sus ojos cobran un poco de… digamos vida, cuando pasamos por el mirador y se puede observar la ciudad bañada por el cielo encendido de amarillo y rojo. Ella arquea el lado derecho del labio y deja al descubierto sus encías negras, una sonrisa macabra provocada, creo yo, por esa hermosa sugerencia de la ciudad ardiendo en llamas.

En cambio esa Gabriela siempre me da problemas, grita, vomita, escupe, además es groserísima, sólo a ella se le ocurre jugar con unas tijeras en un bus en movimiento y ¡quién la manda a cortarse al lado de un zombi!, ¿sabe usted cuánto llevaba sin comer Isabella?, no ve que ni siquiera trae lonchera. Pero, sin querer restarle importancia al asunto, si hay algo bueno que sacar de todo esto es que, por lo menos, ya Isabella no se va a sentir tan diferente

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Published in: on agosto 30, 2011 at 2:29 am  Comments (1)  

El nacimiento de Rach

Por:  María Eugenia Alonso de Aparicio

 La playa huele a sexo. La brisa trae olor de Olimpo, aroma que envenena al joven dios de los insectos. Despliega sus alas con desespero y choca contra las piedras, retrocede, trata de volar. Está fuera de sí, no puede contenerse, su apetito voraz lo lleva a la hembra, al otro lado de ese bálsamo.  Céfiro – viento del Oeste – aura de los enamorados, desliza sobre la arena una de sus alas para que el joven trepe y lo conduce al Olimpo.

En la caverna Hera baila, baila al ritmo de la lira, lejos de los ojos de Zeus. No  admite el adulterio, no se lo perdona a su esposo, ni a nadie, pero el joven dios de los insectos, hermoso, fuerte, la hará caer por primera y única vez en él. Céfiro deposita al  insecto a los pies de la diosa  y con un dulce soplo la transforma. De su espalda salen dos pequeñas alas, su piel se torna oscura y sus piernas se multiplican para seguir la danza y el canto con un siseo anhelante para que con caricias la posea.

Cierran los ojos. Besos largos, piernas entrelazadas, juegos de alas  y suspiros hacen  doblegar a Hera  ante el amor de su nuevo dios. Beben el elixir que mutuamente se ofrecen. La sangre hierve en sus genitales  y su explosión desencadenada de placer impregna las paredes de la caverna.  Ella monta sobre él  y aliado con el viento retorna a la playa llevando a Hera en su espalda. Las alas del joven se despliegan con una dulce obscenidad.

Zeus la busca debajo de cada  piedra, enfurecido oye jadear a su diosa en la playa, su respiración lo llama.  La encuentra, alucinada, húmeda, gozada. Su dios  ya no está.  Zeus termina el juego  con cólera y como un dios brioso, la monta, la penetra por entre el flujo del otro dios.  Hera se desprende, vuela y mientras se eleva ve con terror a Zeus sodomizando al joven dios de los insectos.

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Published in: on agosto 30, 2011 at 2:14 am  Comments (1)  

Amordiscos

Por:  Angélica Orozco

Dicen que los perros se parecen a los humanos, somos malgeniados, se nos cae el pelo, somos caprichosos y rencorosos. Así que probablemente con el tiempo yo termine tirada en el sofá comiendo pepitas light, saliendo al parque a buscar pelea y orinándome en los muebles. Así fue como contagié a mi mejor enemigo de la peste rabia.

Todo empezó un sábado, cuando le estaba dando su paseo matutino, íbamos muy tranquilos. cuando de repente siento que me jala y se queda pegado a un lugar. ¿Qué estás oliendo?   Pues yo hablo con mi perro, como todos lo hacemos, aunque no lo admitamos. Cuando descubrí, estaba pegado a un hueso enorme que se encontró en un basurero, algo sabroso para él, pero tan terrible, que pudiera ser su último bocado.

Me angustié y traté de jalarlo, pero no soltaba el condenado, entonces decidí ahorcarlo, pero este can es enrazado con mula y cabra, prefería ahogarse que perder su apetitoso bocado. Y para una mula nada mejor que una remula. Mientras él intentaba tragárselo yo lo jalaba, hasta que el can respondiendo a sus instintos primitivos decidió probar mi mano.

¡¡Hijuepuuuutaaa!! Se escuchó en toda la cuadra. Vi estrellas. Cuando miré mi manito parecía un ramo florecido de tendones y músculos, desgarrada por las fauces del tiburón casero. ¿Le pasó algo señorita? preguntó un vigilante con cara de susto. Nada pendejo, es que a mi perro le gusta comer carne cruda.

Me mordió Mateo – dije entre lágrimas de dolor – no sé si por la mano o por el orgullo. Mi propio perro, a quien saco diariamente, cepillo y espulgo.  No tuve más que recordarle que su mamá fue una pinche perra.

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Published in: on agosto 30, 2011 at 2:03 am  Dejar un comentario  

Yakko

Por: Carlos A. Sánchez

Yakko miró sin mucho interés el jarro. Debería de ser cerveza, aunque por el sabor parecía aceite de cocina, pero  tendría que dejar de mirarlo y tomarlo antes de levantar sospechas.

El lugar estaba casi vacío, atiborrado de mugre, moho y humedad. Llovía a cantaros y el olor a perro de los clientes invadía el local.

Tocia y de vez en cuando se ahogaba en un estornudo. De donde venía, “moho” y “polvo” ni siquiera existían en el lenguaje. Mientras pensaba en lo poco saludable del lugar, entró su víctima, ocultó con un estornudo el sobresalto. Tragó hondo. Sintió unos ojos clavándosele en la nuca.

La víctima era un hombre más alto de lo que había imaginado. Lo llamó mentalmente “tipo”, para evitarse una mayor impresión. El retrato hablado que le dieron, no tenía nada que ver con la realidad. Donde el dibujo mostraba nariz aguileña y boca grande, el sujeto mostraba pico de halcón. Donde el grafico indicaba casco nórdico, su víctima ostentaba cuernos, que se enroscaban a la altura de orejas puntiagudas. Le habían dicho que tenía manos grandes y fuertes pero realmente tenía garras afiladas y pezuñas.

Yakko sudaba, estornudó de nuevo y se le aguaron los ojos. Tenía que matarlo o lo mataría a él. Algo punzó su cerebro, se puso mecánicamente de pie. Extrajo del interior de su abrigo un arma anticuada aunque ajustada a las costumbres de tiempo y lugar. Caminó hacia la barra. En el trayecto tropezó con un sujeto suficientemente bajo – como para ser un gnomo – aunque se negó a darle tal nombre. Escuchó rebuznar al tabernero y el gnomo guardó algo que estaba en la mesa.

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Published in: on agosto 30, 2011 at 1:16 am  Dejar un comentario