Sin final

Juana Mesloba

Los tenis rotos dibujan  un perfecto trazo sobre la línea blanca de la carretera. No mira hacia atrás, la ha encontrado y  es el único camino que quiere seguir. Las manos se hunden en los bolsillos de la vieja chaqueta, los hombros se contraen, el frio cala los huesos, le pesa el cansancio. La luz del automóvil que avanza directo a él lo enceguece, la fricción de las llantas contra el pavimento irrumpe la tranquilidad del bosque, el extraño desciende. ¿Te pasó algo? ¿Esa sangre? ¿Estás herido? ¿Cómo te llamas?

-Va a llover Pa, hace frio… ¿Pa, solo por hoy podría dormir adentro?

Él se frota las manos acercándolas al fuego. Se incorpora, ajusta su chaqueta, saca el gorro de lana de uno de sus bolsillos, se lo cala y escupe una  babaza verde a los pies del adolecente.

-¡Pa, no me siento bien! Hace frío. ¿Por qué no me devuelves mi gorro?

El rostro ajado sin ninguna expresión se descubre entre las sombras del monte a medida que se sienta a reposar el viejo cuerpo. Introduce su meñique en la cavidad nasal, draga la mucosidad que limpia en el pantalón.

-Pa el agua se metió en mis zapatos cuando atravesamos el rio… tengo los dedos fríos ¿Pa, cuándo me regalas  unos zapatos como los tuyos?

Él detiene la repugnante labor, su entrecejo se contrae como un acordeón mientras afloja los cordones de sus botas de leñador; con una vara, limpia  el lodo que las cubre.

-¡Pa, podríamos estar tomando sopa de lodo!…algún día me gustaría comer una verdadera comida y de postre… helado de chocolate…

Él se saca la correa de cuero curtido del pantalón, la enrosca en su mano, se abre la chaqueta, niega con  la cabeza, resopla, y cubre al adolescente de fuetazos que se escuchan en el bosque.

– Pa el plato está lleno, hasta el tope… ¿Así está bien?… ¿Quieres que te de más de la mía?… quieres… ¿Pa, quedó rica? ¿Te gusta?

Toma la cuchara la introduce en la sopa, se la lleva a la boca y la succiona.

– Pa… ¿Podría comer un poco más si queda?

Él deja el plato, levanta la mirada, se incorpora, lo mira a los ojos, lo toma de la camisa y le descarga su puño cerrado sobre el rostro, hasta tres veces, lo deja caer a sus pies. Escupe una cosa verde, gira, enciende un cigarrillo y se queda pensando. Entonces siente la punzada precisa, definitiva, a la altura del riñón, se lleva la mano al torso,  se contrae y cae de rodillas mientras una y otra vez su carne es perforada por la cuchara.

Corrió sin rumbo durante toda la noche rompiendo con su maltrecho cuerpo la maleza, un poco antes del amanecer se encontró en la carretera. Su corazón estaba contraído, la garganta cerrada. Los tenis rotos  dibujan un perfecto trazo sobre la línea blanca de la carretera,  después la nada.

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Published in: on julio 27, 2012 at 3:04 pm  Dejar un comentario  
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